Esta es una de esas entradas que jamás imaginas escribir, que no sabes como empezar, que línea seguir, como argumentar. Hay personas que por naturaleza, por hechos, por formación, piensas que van a estar ahí hasta el fin mismo de los días. Personas eternas. En cierta manera no me equivoco, hay personas que conforme han vivido se ganan totalmente el derecho a ser eternas, y estamos ante una de esas personas, un gran hombre.
Mi fama de orador, de comunicador o como queráis llamarlo, se va al garete en esta clase de días. La frase ''sin palabras'' lo explica todo, más vale una lágrima, un abrazo, un sentimiento compartido en una sala convulsa inundada de pañuelos que recuerdan al mismo hombre, que se dan cita para dar homenaje a ese gran maestro, más allá de la historia, en la vida al completo.
Compartimos mucho. Los que me conozcan lo sabrán, nunca he sido de grandes ídolos famosos, ilustres conocidos ni nada por el estilo. Simplemente lo considero mi mentor, la persona que avivó mi amor por la historia, aquel que me enseñó la razón de los procesos sociales. Me abrió puertas al conocimiento que jamás nadie había abierto. Entre la voz metálica del último discurso radiado de Allende, oigo resonar ese tímbre grave, contundente, afirmando que los procesos históricos no se detienen de ninguna manera, justificando a cada momento cada una de las palabras, interrumpiendo al bueno de Salvador... como si lo estuviera viendo.
Hoy quiero ser breve, quiero que el recuerdo de cada uno hable por si mismo. Es inútil querer explicar en palabras todo lo que este hombre, mi maestro, representa para tanta gente. Lo afortunado que me siento habiendo compartido tres años de mi vida con él, no tiene precio. Mi imagen suya ahora mismo es la de un hombre tranquilo, con un ducados humeante entre los dedos, charlando con Don Santiago, el cual probablemente le esté dando la razón, mientras se toman, a la luz de las velas, una buena cerveza.
Allá donde estés Ramiro, siempre serás el jefe, el motor, el maestro, mi mentor. Nos quedan unas cañas pendientes, acuérdate.
Alejandro Manzaneque
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